Capítulo I
Hasan-i Sabbah y los castillos de las montañas
Los ismailíes son una rama del islam chií que sigue un linaje de imanes descendientes del profeta Mahoma a través de su primo y yerno ‘Ali. En el siglo XI su principal Estado era el califato fatimí de Egipto. Cuando el califa al-Mustansir murió en 1094, surgió una disputa por su sucesión. Quienes apoyaban a su hijo mayor, Nizar, sobre todo en Irán, se separaron y pasaron a ser conocidos como nizaríes.
Su líder en Irán era Hasan-i Sabbah, un misionero instruido, o da‘i, que ya se había apoderado de la fortaleza montañosa de Alamut en 1090. Desde allí, los nizaríes se hicieron con el control de una cadena de castillos en el norte y el este de Irán y, más tarde, en las montañas de Siria. Formaban un Estado insólito, sin un territorio único, cohesionado por la lealtad religiosa y un liderazgo común. Sobrevivió más de siglo y medio frente al imperio turco selyúcida, mucho mayor, los cruzados y otros rivales.
En Siria, el líder más famoso fue Rashid al-Din Sinan, a quien los cruzados llamaban el Viejo de la Montaña. El Estado nizarí de Irán terminó cuando los mongoles destruyeron Alamut en 1256, y en Siria el sultán mameluco Baibars tomó los últimos castillos hacia 1273. Los nizaríes no eran simplemente una organización militar. Eran una comunidad religiosa de campesinos, habitantes de las ciudades y eruditos que vivían en torno a sus fortalezas, consideraban a su imán el guía legítimo de todos los musulmanes y desarrollaron una teología propia y rica. Tras la conquista mongola, la comunidad sobrevivió, a menudo en la clandestinidad, en Irán, Asia central y Asia meridional.
Capítulo II
Asesinos, eruditos y las fuentes
Los nizaríes sí recurrieron al asesinato como arma política. Voluntarios llamados fida’is, los dispuestos a sacrificarse, mataron a sultanes, visires, comandantes y autoridades religiosas, normalmente en público y con puñales, y a menudo esperaban morir en el intento. Se les atribuyó el asesinato del visir selyúcida Nizam al-Mulk en 1092, y en 1192 dos agentes mataron a Conrado de Montferrato, que acababa de ser elegido rey de Jerusalén. Estos asesinatos eran un medio para que una comunidad pequeña disuadiera a enemigos mucho mayores, y la práctica no era exclusiva de ellos en la política de la época.
Los nizaríes eran también una comunidad de saber. Alamut tenía una biblioteca notable, y el sabio Nasir al-Din al-Tusi trabajó en fortalezas nizaríes antes de la conquista mongola. Gran parte de lo que se creyó de ellos durante mucho tiempo procedía de cronistas suníes hostiles y de autores cruzados que desconocían sus creencias. Desde el siglo XX, historiadores como Farhad Daftary han utilizado los textos ismailíes conservados para ofrecer una imagen más completa.
Algunos adversarios aplicaban a los nizaríes la palabra hashishiyya como insulto, con el sentido aproximado de chusma o gente baja. Los historiadores no encuentran pruebas fiables de que consumieran hachís para prepararse para sus misiones.
Capítulo III
Cómo nació la leyenda de los asesinos
Los cruzados europeos oyeron hablar de los nizaríes como de una secta misteriosa que mataba por encargo, y deformaron el insulto árabe en palabras como assassini. La historia más famosa aparece en el relato de viajes de Marco Polo, escrito hacia 1300. Describe un hermoso jardín escondido donde el Viejo de la Montaña drogaba a jóvenes y les hacía creer que habían visitado el paraíso, para que mataran con la esperanza de volver. Polo no pudo haber visitado Alamut, que ya había caído, y su relato se basa en rumores.
En 1809 el orientalista francés Silvestre de Sacy explicó que la palabra «asesino» derivaba de hashish, y eso contribuyó a fijar la leyenda de la droga en la erudición europea. Para entonces, «asesino» era desde hacía mucho una palabra corriente para designar a un homicida político en varias lenguas europeas, y los nizaríes se habían convertido en sinónimo de fanatismo.
La leyenda perdura en novelas como Alamut, de Vladimir Bartol, y en la saga de videojuegos Assassin’s Creed, que toma de los relatos antiguos el escenario y el salto de fe. Mientras tanto, los propios ismailíes nizaríes, hoy una comunidad mundial dirigida por el Aga Kan, son conocidos por su labor en educación, desarrollo y cultura, un recordatorio de la distancia que separa la leyenda de las personas reales.