Capítulo I
El conocimiento que salva
«Gnosticismo» es una etiqueta moderna para una serie de movimientos religiosos de los siglos II y III e. c., en su mayoría dentro del cristianismo primitivo o junto a él, que concedían un valor especial a la gnosis, palabra griega que significa «conocimiento». No se trataba de saber libresco, sino de una comprensión salvadora de la verdadera naturaleza de Dios, del mundo y de uno mismo. Muchos de estos grupos enseñaban que el Dios supremo está absolutamente más allá del mundo material, que fue hecho por un creador inferior y a menudo ignorante, el demiurgo.
En los mitos conservados de los círculos que los especialistas llaman setianos, el reino divino, el pleroma («plenitud»), está lleno de emanaciones llamadas eones. Uno de ellos, Sofía («Sabiduría»), actúa sin el consentimiento de su pareja, y de esa falta nace un creador imperfecto, llamado a veces Yaldabaoth, que da forma al cosmos material y lo gobierna por medio de sus potencias. Aun así, en los seres humanos quedan atrapadas chispas de luz divina, y un salvador, identificado a menudo con Cristo, desciende para despertarlas a su verdadero origen. Entre los maestros asociados a estas ideas figuran Basílides, en Alejandría, y Valentín, que enseñó en Roma a mediados del siglo II y cuyos seguidores formaron una escuela culta e influyente.
Otros dirigentes cristianos se opusieron con vigor a estos movimientos. Hacia el 180 e. c., el obispo Ireneo de Lyon escribió una extensa obra, conocida habitualmente como Contra las herejías, cuyo título completo habla de desenmascarar el «falsamente llamado conocimiento»; autores posteriores como Hipólito y Epifanio añadieron otros relatos. A medida que la iglesia que se convirtió en ortodoxa consolidaba sus credos y sus escrituras en el siglo IV, estos grupos se desvanecieron, aunque ideas afines reaparecieron en el maniqueísmo y en movimientos dualistas posteriores.