Capítulo I
El telescopio y la Biblia
En 1609 Galileo Galilei, profesor de matemáticas en Padua, oyó hablar de un artilugio holandés que hacía que las cosas lejanas parecieran cercanas. Construyó el suyo, lo mejoró y lo apuntó al cielo. En un breve libro de 1610, el Mensajero sideral, dio cuenta de montañas en la Luna, de innumerables estrellas nuevas y de cuatro lunas que giraban alrededor de Júpiter. Pronto añadió las fases de Venus y las manchas del Sol. Los descubrimientos lo hicieron famoso y le valieron un puesto de filósofo de la corte del gran duque de Toscana en Florencia.
También lo convirtieron en partidario declarado de Nicolás Copérnico, que en 1543 había sostenido que la Tierra gira sobre sí misma cada día y viaja alrededor del Sol. La mayoría de los estudiosos seguía el sistema antiguo, con la Tierra inmóvil en el centro, y varios pasajes de la Biblia parecían darle la razón, como el relato en que Josué ordena al Sol que se detenga. Cuando sus críticos esgrimieron esos textos, Galileo respondió con largas cartas, entre ellas una a la gran duquesa Cristina en 1615. Las Escrituras, argumentaba, no podían errar, pero sus intérpretes sí, y la Biblia enseña «cómo se va al cielo, no cómo va el cielo», una frase que atribuía al cardenal Baronio.
En 1616 el asunto llegó al Santo Oficio. Sus teólogos consultores declararon que la idea del Sol en el centro era «necia y absurda en filosofía, y formalmente herética», y el movimiento de la Tierra, como mínimo, erróneo en la fe. El 26 de febrero el cardenal Roberto Belarmino comunicó a Galileo que debía abandonar esa opinión. Una nota del expediente, cuyo valor todavía discuten los historiadores, añade que se le ordenó no sostenerla, enseñarla ni defenderla de ningún modo. En marzo la Congregación del Índice suspendió el libro de Copérnico hasta que fuera corregido. Galileo no fue condenado, y Belarmino le dio un certificado que así lo hacía constar.