Capítulo I
Un papado atrapado entre dinastías
A finales del siglo IX el papado se encontraba en una posición débil y peligrosa. El Imperio carolingio se había desintegrado, y nobles rivales se disputaban el título de emperador, que solo el papa podía conferir en Roma. En Italia, el aspirante más poderoso era la familia de los duques de Spoleto. Guido de Spoleto había sido coronado emperador por el papa Esteban V en 891, y en 892 el papa Formoso coronó coemperador a Lamberto, hijo de Guido, al parecer bajo presión.
Formoso era un eclesiástico experimentado y polémico. Como obispo de Porto había participado en misiones papales, entre ellas una a Bulgaria, pero en 876 se enemistó con el papa Juan VIII, huyó de Roma y fue excomulgado. Más tarde fue rehabilitado y en 891 se convirtió en papa. En aquella época el derecho de la Iglesia desaconsejaba con firmeza que un obispo dejara su propia sede para ocupar otra, y sus adversarios calificarían después su elección de ilícita por ese motivo. Como papa, Formoso buscó protección frente a los espoletinos y recurrió a Arnulfo de Carintia, rey de los francos orientales. Arnulfo marchó sobre Roma y en febrero de 896 Formoso lo coronó emperador. Poco después Arnulfo enfermó y regresó al norte, dejando al papa desprotegido. Formoso murió el 4 de abril de 896.