Capítulo I
Un verano de baile
En julio de 1518, una mujer a la que fuentes posteriores llaman Frau Troffea salió a una calle estrecha de Estrasburgo y se puso a bailar. No había música ni fiesta alguna. Según las crónicas, bailó durante días, deteniéndose solo cuando caía agotada, para luego volver a empezar. En una semana, decenas de personas se le habían unido, y en agosto el número de danzantes había crecido considerablemente. Los testigos de la época los describen frenéticos y angustiados más que alegres, con los pies ensangrentados y los miembros hinchados.
Estrasburgo era entonces una ciudad imperial libre del Sacro Imperio Romano Germánico, un próspero centro de imprenta y comercio a orillas del Rin. Pero los años anteriores a 1518 habían sido sombríos. Las cosechas se habían perdido, el precio del pan era alto y la viruela, la sífilis y la lepra estaban presentes en la región. Muchas familias pobres vivían al borde del hambre. Estas condiciones pesan en casi todas las explicaciones modernas de lo que ocurrió después.
Las autoridades de la ciudad consultaron a los médicos, que descartaron las causas sobrenaturales y declararon que el mal procedía de una sangre recalentada. Su remedio fue sorprendente: más baile. El concejo despejó salas de gremios y un mercado de grano, construyó un estrado de madera y contrató músicos y hombres fornidos para mantener a los danzantes en movimiento, con la esperanza de que expulsaran la enfermedad de su cuerpo bailando. El resultado, como el concejo pronto comprobó, fue que se sumó más gente.