Capítulo I
Un libro que nadie puede leer
En 1912, el librero anticuario polaco Wilfrid Voynich, nacido en Lituania, compró un lote de manuscritos a los jesuitas de la Villa Mondragone, cerca de Frascati, en las afueras de Roma. Entre ellos había un pequeño volumen sin pretensiones escrito en una caligrafía fluida que no se parecía a ningún alfabeto conocido. Sus páginas estaban repletas de dibujos de vivos colores: plantas difíciles de identificar, diagramas circulares con estrellas y signos del zodiaco, grupos de mujeres desnudas en estanques conectados por tuberías y tarros que recuerdan a los de los boticarios.
Dentro del libro había una carta escrita en 1665 o 1666 por Johannes Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga, que lo enviaba al famoso erudito jesuita Athanasius Kircher, en Roma, quien afirmaba haber descifrado los jeroglíficos egipcios. Marci contaba que el libro lo había comprado en su día el emperador Rodolfo II, gran coleccionista de curiosidades. Una firma tenue en la primera página, visible con luz ultravioleta, pertenece a Jacobus Horcicky de Tepenec, químico de la corte de Rodolfo.
Voynich dedicó el resto de su vida a intentar descubrir el autor y el significado del libro. Tras su muerte y la de su viuda, el manuscrito se vendió al librero H. P. Kraus, que no encontró comprador y lo donó a Yale en 1969. El manuscrito fue examinado más tarde por muchos expertos en paleografía, botánica y criptografía, y Voynich hizo circular fotografías entre los estudiosos con la esperanza de que alguien lo resolviera.
Capítulo II
Lo que han descubierto científicos y criptógrafos
En 2009, investigadores de la Universidad de Arizona realizaron una datación por radiocarbono de muestras de la vitela y descubrieron que las pieles se prepararon entre 1404 y 1438. El análisis de las tintas halló materiales compatibles con esa época, y la mayoría de los especialistas cree que el texto y las imágenes se añadieron poco después de fabricarse la vitela. Esto descarta la autoría de Roger Bacon, que murió hacia 1292, y hace mucho menos probable una falsificación del siglo XVII o moderna, aunque no estrictamente imposible.
La escritura consta de un pequeño conjunto de caracteres, trazados con soltura y con pocas correcciones. Las palabras se repiten según patrones que en algunos aspectos se parecen a los de las lenguas naturales, por ejemplo en la frecuencia con que aparecen las palabras comunes. Sin embargo, el texto presenta también rasgos peculiares, como la escasa variedad de sus palabras o la repetición de una misma palabra varias veces seguidas. Algunos investigadores piensan que cifra una lengua conocida; otros, que recoge una lengua desconocida o un sistema de escritura inventado; y otros, que es un texto sin sentido concebido para parecer escritura.
Algunos de los mayores criptógrafos del siglo XX lo intentaron sin éxito, entre ellos William Friedman y su equipo, que habían descifrado los códigos japoneses. Un estudio detallado elaborado en 1978 por Mary D’Imperio para la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos resumió sus esfuerzos. El libro sigue sin leerse. Los investigadores han estudiado también los dibujos, comparando las plantas con herbarios medievales y los diagramas circulares con manuscritos astronómicos y astrológicos. Algunos detalles, como el estilo de la ropa y las murallas de un castillo en una página desplegable, se han comparado con el arte centroeuropeo o del norte de Italia del siglo XV, pero ninguna de estas pistas ha permitido una identificación firme.
Capítulo III
Soluciones, fraudes y fascinación
La primera solución famosa llegó en 1921, cuando el filósofo William Newbold afirmó que el libro lo había escrito Roger Bacon y que recogía descubrimientos hechos con microscopios y telescopios. Más tarde se demostró que su método dependía de su propia imaginación, y en 1931 el estudioso John Manly demostró que las marcas microscópicas que Newbold leía eran simples grietas en la tinta. Desde entonces, muchos otros han anunciado desciframientos y han identificado el texto como una forma temprana de turco, hebreo, abreviaturas latinas, una lengua perdida o un manual de salud femenina. Ninguno ha convencido a los especialistas, a menudo porque no logra producir lecturas coherentes en todo el libro.
La teoría del fraude tiene también una larga historia. Algunos han sugerido que el alquimista isabelino Edward Kelley, que visitó la corte de Rodolfo, creó el libro para vendérselo al emperador, una teoría hoy difícil de conciliar con la temprana datación de la vitela. Otros propusieron que lo falsificó el propio Voynich, algo que la datación por radiocarbono y la carta de Marci hacen improbable.
Hoy el manuscrito está totalmente digitalizado y disponible en línea de forma gratuita, y Yale University Press publicó un facsímil impreso en 2016. Aparece en novelas, juegos y pasatiempos, y atrae por igual a investigadores aficionados y profesionales: un objeto histórico real cuyo significado sigue siendo una auténtica pregunta abierta.