Capítulo I
Penitencia por los caminos
Los cristianos medievales entendían el pecado como una deuda que había que pagar, en esta vida o en el purgatorio. El ayuno, la peregrinación y la limosna eran formas habituales de saldarla. A partir del siglo XI, algunos reformadores monásticos, entre ellos Pedro Damián, elogiaron una penitencia más dura: la disciplina, una flagelación voluntaria con un pequeño látigo, realizada a imitación de la flagelación de Cristo antes de la crucifixión. Durante dos siglos fue sobre todo una devoción privada tras los muros de los monasterios.
Eso cambió en 1260. En Perugia, según las fuentes, un ermitaño llamado Raniero Fasani empezó a encabezar procesiones de hombres que recorrían las calles desnudos de cintura para arriba, cantando himnos y golpeándose la espalda. El año tenía una fuerte carga simbólica, pues los seguidores del abad Joaquín de Fiore habían predicho que 1260 abriría una nueva edad del mundo. El norte de Italia estaba además agotado por las guerras entre ciudades y facciones. En pocas semanas las procesiones pasaban de una ciudad a otra, y los cronistas describen enemigos que se reconciliaban, deudas perdonadas y presos liberados. En un año el movimiento había cruzado los Alpes hacia las tierras alemanas y llegado hasta Bohemia y Polonia, antes de apagarse tan deprisa como había surgido.
La segunda oleada, y la más conocida, llegó con la peste negra. Mientras la peste se extendía por Europa en 1348, matando quizá a un tercio de la población o más, aparecieron grupos de penitentes, primero en Austria y Hungría y luego, en 1349, por las tierras alemanas y los Países Bajos. Avanzaban en compañías organizadas bajo un maestro, vestidos con hábitos con capucha marcados con cruces rojas. Cada miembro prometía caminar durante treinta y tres días y medio, un día por cada año de la vida de Cristo, y dos veces al día la compañía realizaba una flagelación pública en la plaza de la ciudad, a menudo ante grandes multitudes.