Capítulo I
Dioses, emperadores y una fe nueva
La religión romana tenía menos que ver con la creencia privada que con la práctica pública. Las ciudades y el Estado ofrecían sacrificios para mantener la pax deorum, la paz entre los dioses y los seres humanos, y desde la época de Augusto los honores al emperador pasaron a formar parte de la lealtad cívica. Los romanos toleraban muchos cultos extranjeros, y los judíos, cuya religión ancestral se respetaba por su antigüedad, solían estar dispensados del sacrificio. Los cristianos, en cambio, eran un movimiento nuevo que reunía miembros de muchos pueblos y rechazaba todo sacrificio a los dioses.
A muchos romanos esto les parecía ateísmo y deslealtad. Corrían rumores de que los cristianos cometían crímenes secretos en sus reuniones, y cuando llegaban inundaciones, epidemias o invasiones, algunos los culpaban de haber enojado a los dioses. La primera persecución conocida tuvo lugar en 64 e. c. Según cuenta el historiador Tácito, después de que un gran incendio destruyera buena parte de Roma, Nerón desvió las sospechas hacia los cristianos e hizo ejecutar a muchos de ellos en crueles espectáculos públicos. La tradición cristiana sostiene que los apóstoles Pedro y Pablo murieron en Roma bajo Nerón, aunque las fuentes contemporáneas no recogen los detalles.
Durante los dos siglos siguientes no hubo ninguna ley general contra los cristianos. Hacia 112 e. c., Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador Trajano para preguntarle cómo tratar a los cristianos que comparecían ante él. Trajano respondió que no había que perseguirlos ni aceptar acusaciones anónimas, pero que, si se los acusaba debidamente y se negaban a sacrificar, debían ser castigados. La carta de Plinio es reveladora: admite que no encontró entre los cristianos más delito que lo que llamó una superstición obstinada y, aun así, ejecutó a quienes no se retractaron. Este patrón de juicios locales y reactivos explica la mayoría de los martirios del siglo II, entre ellos los del obispo Policarpo en Esmirna, los de los cristianos de Lyon en 177 y los de la joven madre Perpetua y la esclava Felicidad en Cartago en 203.