Capítulo I
Norwich y el nacimiento de una acusación
En la primavera de 1144 apareció en un bosque a las afueras de Norwich el cuerpo de un joven aprendiz llamado William. Al principio su muerte apenas llamó la atención. Algunos años más tarde, un monje del priorato de la catedral de Norwich, Tomás de Monmouth, empezó a escribir un relato de la vida y los milagros de William en el que afirmaba que los judíos de la ciudad habían matado al niño para burlarse de la Pasión de Cristo. Las pruebas de Tomás consistían en rumores, sueños y el relato de un converso. Historiadores como Gavin Langmuir y E. M. Rose han mostrado cómo la historia servía a intereses locales, entre ellos la promoción del culto a un nuevo santo.
La acusación se apoyaba en una hostilidad cristiana más antigua que consideraba a los judíos colectivamente responsables de la muerte de Jesús. En las décadas siguientes surgieron acusaciones parecidas en Gloucester en 1168 y en Blois, en Francia, en 1171, donde unos treinta judíos murieron en la hoguera aunque no se había encontrado ningún cuerpo. Hacia el siglo XIII se había añadido un elemento nuevo: la afirmación de que los judíos necesitaban sangre cristiana para sus rituales. En Fulda, en 1235, después de que cinco niños murieran en un incendio, se acusó a los judíos de haberles sacado la sangre, y una turba mató a decenas de ellos.
El esquema se repetía. Un niño desaparecía o aparecía muerto; las sospechas recaían sobre la comunidad judía; los sospechosos eran detenidos y torturados; sus confesiones se tomaban como prueba. En Lincoln, en 1255, tras la muerte de un niño llamado Hugh, el rey Enrique III ordenó ejecutar a diecinueve judíos. Estos casos solían reportar beneficios económicos y políticos a los acusadores, a los gobernantes o a las ciudades, pues se confiscaban los bienes de los judíos o se cancelaban las deudas.
Las comunidades judías respondieron como pudieron. Apelaron a reyes, obispos y papas, pagaron por su protección y anotaron los nombres de los muertos en libros de memoria y poemas litúrgicos que se leyeron en las sinagogas durante generaciones. Los cronistas judíos describieron las acusaciones como lo que eran: calumnias usadas para justificar el robo y el asesinato. Sus registros, junto con las fuentes cristianas, permiten hoy a los historiadores reconstruir tanto lo que ocurrió como el modo en que lo entendieron las víctimas.