Capítulo I
La ciudad y el sultán
A mediados del siglo XV, el Imperio bizantino, heredero del Imperio romano en Oriente, se había reducido a Constantinopla, unas pocas islas y la Morea, en el sur de Grecia. La gran ciudad había perdido buena parte de su población desde el saqueo latino de 1204, y dentro de sus murallas había campos y huertos. Sus gobernantes habían buscado ayuda en Occidente al precio de una unión entre las Iglesias griega y latina acordada en el Concilio de Florencia en 1439. Muchos clérigos y laicos ortodoxos rechazaron la unión, y cuando se proclamó solemnemente en Santa Sofía en diciembre de 1452 la ciudad estaba profundamente dividida. Una frase atribuida al noble Lucas Notaras, según la cual prefería ver en la ciudad el turbante turco antes que la mitra latina, reflejaba ese estado de ánimo, aunque puede ser una invención posterior.
Constantino XI Paleólogo había llegado a emperador en 1449, tras ejercer como déspota en la Morea. Su adversario era el joven sultán otomano Mehmed II, que subió al trono por segunda vez en 1451, a los dieciocho años. Mehmed veía la conquista de Constantinopla como el cumplimiento de una antigua aspiración musulmana y como la clave de un imperio unido que abarcara Europa y Asia. En 1452 construyó la fortaleza de Rumeli Hisarı en la orilla europea del Bósforo, frente a un castillo otomano más antiguo, lo que le permitía controlar la navegación por el estrecho.