Capítulo I
Un verano de procesiones
El año 1212 fue de intensa exaltación religiosa en Europa occidental. Jerusalén estaba en manos musulmanas desde 1187, y la cuarta cruzada no había terminado en Tierra Santa, sino con el saqueo de la cristiana Constantinopla en 1204. En la primavera de 1212 la Iglesia pidió oraciones y procesiones en apoyo de los reinos cristianos de España frente a los almohades, una campaña que terminaría con la victoria de Las Navas de Tolosa en julio. Los predicadores reclutaban además para la cruzada contra los cátaros en el sur de Francia. En ese ambiente, multitudes de jóvenes empezaron a ponerse en marcha.
En el norte de Francia, los cronistas hablan de un pastorcillo llamado Esteban, de Cloyes, cerca de Châteaudun. Según un cronista anónimo de Laon, afirmaba que Cristo se le había aparecido en figura de peregrino pobre y le había dado una carta para el rey. En junio fue a Saint-Denis, cerca de París, donde el rey Felipe II tenía su corte, seguido por una gran multitud de otros jóvenes. El rey, tras consultar a los eclesiásticos, les ordenó volver a casa. En los relatos más fiables, el movimiento francés termina ahí.
Lo que sabemos procede de un puñado disperso de breves anotaciones en anales y crónicas monásticas, muchas de solo unas pocas líneas. Gary Dickson contó varias decenas de textos medievales que mencionan los sucesos de 1212, pero la mayoría se escribieron lejos de los hechos, y solo unos pocos están próximos en el tiempo y en el espacio. Rara vez coinciden en cifras, rutas o jefes, y algunos mezclan los movimientos francés y alemán. Varios cronistas se mostraban abiertamente escépticos y describían a los caminantes como necios o ilusos, mientras que otros los veían movidos por una piedad auténtica. Reconstruir la historia exige, por tanto, sopesar noticias breves y a menudo contradictorias, y aceptar que muchos detalles nunca se conocerán.
Capítulo II
Por los Alpes
Más o menos al mismo tiempo, un muchacho llamado Nicolás, de la zona de Colonia, empezó a predicar en Renania. Reunió a un numeroso séquito de jóvenes, además de algunos hombres y mujeres de más edad, que marcharon hacia el sur con cruces y estandartes. Su objetivo, dicen las crónicas, era llegar a Tierra Santa y recuperarla pacíficamente, por la fe y no por las armas. Algunos relatos dicen que Nicolás prometía que el mar se secaría ante ellos, como había ocurrido con Moisés y los israelitas.
La travesía de los Alpes fue dura, y muchos se volvieron o murieron por el camino. En agosto de 1212 llegó a Génova una multitud que los anales de la ciudad calculan en más de siete mil personas. El mar no se abrió. Algunos de los caminantes se quedaron en Génova o en otras ciudades italianas, otros siguieron hasta Roma y otros viajaron hacia el sur, a puertos como Brindisi. Algunos cronistas cuentan que el papa Inocencio III se reunió con varios de ellos y les dijo que volvieran a casa, aunque es posible que a algunos solo se les dispensara del voto a condición de cumplirlo de adultos. La mayoría parece haber regresado poco a poco al norte, pobres y agotados, y algunos cronistas se burlaron de ellos. Una fuente posterior dice que el padre de Nicolás fue castigado en Colonia por haber animado a su hijo; esto, como mucho de lo que se sabe del propio Nicolás, es incierto.
Capítulo III
Mercaderes, barcos y esclavos
La versión que la mayoría conoce es más sombría y dramática. Procede sobre todo de Alberico de Trois-Fontaines, un monje cisterciense que escribía en la década de 1240, tres décadas después de los hechos. Cuenta que treinta mil niños llegaron a Marsella, donde dos mercaderes, a los que llama Hugo el Hierro y Guillermo el Cerdo, se ofrecieron a llevarlos gratis al otro lado del mar. Dos de los siete barcos naufragaron frente a Cerdeña, y los niños de los otros cinco fueron vendidos como esclavos en Bugía y Alejandría. Según Alberico, la historia solo se conoció dieciocho años después, cuando regresó un sacerdote que había estado entre ellos y la contó.
Los historiadores son cautos ante este relato. Es tardío, combina elementos de los movimientos francés y alemán, y ningún autor anterior menciona el viaje. Puede que Alberico oyera una historia deformada o que mezclara la suerte de distintos peregrinos y cautivos. Su relato no es imposible, pues el comercio de esclavos a través del Mediterráneo era real, pero no puede confirmarse. Otros cronistas añadieron sus propios adornos en los siglos siguientes, y el movimiento se convirtió poco a poco en una historia única y redonda de niños inocentes traicionados.
Algunos autores modernos han ido más lejos y han relacionado los sucesos de 1212 con la leyenda alemana del flautista de Hamelín, en la que un misterioso flautista se lleva a los niños de la ciudad. Esa historia se documenta por primera vez mucho más tarde y suele vincularse con Hamelín en 1284, y los historiadores no ven ninguna relación fiable entre ambas. Otros han descrito a los caminantes como víctimas de una histeria colectiva. La mayoría de los especialistas prefieren hoy entenderlos en sus propios términos: como jóvenes que se tomaron en serio la predicación que oían, en un momento en que la propia Iglesia llamaba a los fieles a procesiones, ayunos y oraciones por la victoria.
Capítulo IV
¿Quiénes eran los pueri?
Las crónicas llaman a los caminantes pueri, que los lectores modernos traducen como «niños». En 1977 el historiador Peter Raedts sostuvo que en el latín medieval la palabra solía tener un sentido más amplio: jóvenes sin bienes ni posición, como pastores, mozos de labranza y criados, fuera cual fuera su edad. Gary Dickson, en un estudio posterior, coincidió en que el movimiento lo formaban sobre todo jóvenes y pobres, y lo describió como un despertar religioso popular más que como una expedición militar planificada. También participaron mujeres y personas mayores. Los historiadores ven, por tanto, la cruzada de los niños como parte de una pauta más amplia de entusiasmo religioso medieval entre los pobres, junto a las cruzadas populares anteriores y a movimientos posteriores como las cruzadas de los pastorcillos de 1251 y 1320.
La leyenda ha tenido una larga vida en la literatura y el arte. Desde el siglo XIX, los escritores la usaron como imagen de la inocencia destruida. El autor francés Marcel Schwob la recreó en 1896, Bertolt Brecht escribió un poema titulado «La cruzada de los niños» durante la Segunda Guerra Mundial y Kurt Vonnegut dio en 1969 a Matadero cinco el subtítulo La cruzada de los niños, para describir a los soldados jóvenes enviados a la guerra. Estas obras moldearon la imagen popular mucho más que las escasas fuentes medievales. Lo que las crónicas muestran en realidad es más modesto, pero no menos conmovedor: miles de jóvenes corrientes que creyeron que la fe por sí sola podía lograr lo que reyes y ejércitos no habían conseguido.