Capítulo I
La Nueva Jerusalén
La Reforma de la década de 1520 no desató un solo movimiento, sino muchos. Junto a Lutero y Zuinglio, pequeños grupos de creyentes llegaron a la conclusión de que el bautismo solo debía darse a los adultos que confesaran libremente su fe. Sus enemigos los llamaron anabaptistas, es decir, rebautizadores. Tanto los gobernantes católicos como los protestantes los consideraban peligrosos, y desde 1529 la ley imperial convirtió el rebautismo en un delito castigado con la muerte. La mayoría de los anabaptistas respondió retirándose de la vida pública, rechazando juramentos y armas y esperando con paciencia el juicio de Dios.
Una minoría esperaba ese juicio muy pronto. En los Países Bajos y el norte de Alemania, el predicador itinerante Melchior Hoffman enseñaba que el fin del mundo estaba cerca y que Estrasburgo sería la Nueva Jerusalén. El propio Hoffman fue encarcelado en Estrasburgo en 1533. Entre sus seguidores, un panadero de Haarlem llamado Jan Matthys afirmó ser profeta y traer un mensaje más tajante: los justos no debían limitarse a esperar, sino preparar el camino, y la ciudad elegida no era Estrasburgo, sino Münster.
Münster, sede de un príncipe-obispo en Westfalia, ya estaba agitada. Sus gremios habían presionado a favor de la reforma, y el popular predicador Bernhard Rothmann había pasado de las ideas luteranas al rechazo del bautismo de los niños. A comienzos de 1534 llegaron emisarios neerlandeses de Matthys y rebautizaron a cientos de ciudadanos. En febrero, los anabaptistas y sus simpatizantes ganaron las elecciones al concejo, con el comerciante de paños Bernhard Knipperdolling como alcalde. Matthys entró en la ciudad, y quienes no aceptaron el rebautismo fueron expulsados en pleno invierno. Anabaptistas de los Países Bajos y de la región acudieron en masa para unirse a los santos.