Capítulo I
El «gran asunto» del rey
En 1521 Enrique VIII era el paladín del papa. Había escrito un libro en defensa de los siete sacramentos contra Martín Lutero, y el papa León X lo recompensó con el título de Defensor de la Fe, que los monarcas británicos siguen usando. Seis años después, el mismo rey emprendió un camino que acabaría con la autoridad papal en Inglaterra.
El problema era la sucesión. Enrique se había casado con Catalina de Aragón en 1509. Ella era la viuda de su hermano mayor, Arturo, muerto en 1502, y el matrimonio había requerido una dispensa del papa Julio II. Catalina dio a luz varios hijos, pero solo sobrevivió una hija, María, nacida en 1516. Inglaterra había sufrido una guerra civil que aún seguía viva en la memoria de muchos, y Enrique creía necesitar un hijo varón. Hacia 1527, además, estaba enamorado de Ana Bolena, una dama de la corte que no se conformaba con ser su amante.
Enrique llegó a creer que su matrimonio estaba maldito. El libro del Levítico dice que el hombre que toma la mujer de su hermano no tendrá hijos, y él sostenía que ningún papa podía dejar sin efecto semejante ley. Lo que sus contemporáneos llamaron el «gran asunto» del rey era una petición de anulación, una resolución de que el matrimonio nunca había sido válido. Los papas ya habían concedido peticiones así a otros reyes, pero esta vez la política se interpuso. En 1527 las tropas del emperador Carlos V, sobrino de Catalina, saquearon Roma, y el papa Clemente VII no podía permitirse ofenderlo. La propia Catalina insistía en que su matrimonio con Arturo nunca se había consumado y en que ella era la verdadera esposa de Enrique.