Capítulo I
Papas a orillas del Ródano
A comienzos del siglo XIV, Roma era un lugar peligroso para un papa. Las grandes familias baroniales, sobre todo los Colonna y los Orsini, se disputaban el control de la ciudad, y en 1303 agentes del rey Felipe IV de Francia, con aliados de los Colonna, habían apresado al papa Bonifacio VIII en Anagni. Cuando los cardenales eligieron en 1305 a Bertrand de Got, arzobispo de Burdeos, el nuevo papa, Clemente V, fue coronado en Lyon y nunca llegó a ir a Italia. Tenía asuntos urgentes al norte de los Alpes: la paz entre Francia e Inglaterra, una cruzada en preparación y la campaña de Felipe IV contra los templarios, cuya orden Clemente suprimió en el Concilio de Vienne en 1312.
En 1309 Clemente se estableció en Aviñón, una ciudad a orillas del Ródano que pertenecía a los condes angevinos de Provenza, junto al territorio papal del Condado Venaissino. Debía ser una base provisional, pero duró casi setenta años. Siete papas vivieron allí uno tras otro, todos franceses, y en 1348 Clemente VI compró la ciudad a la reina Juana I de Nápoles.
Aviñón se convirtió en una capital. Benedicto XII y Clemente VI construyeron el inmenso Palacio de los Papas, mitad fortaleza y mitad corte. Banqueros, juristas, artistas y peticionarios abarrotaban la ciudad. La administración papal llegó a ser más eficaz que ninguna otra en Europa: recaudaba impuestos del clero de toda la cristiandad y controlaba los nombramientos para muchos cargos eclesiásticos.
La vida en la corte papal no era solo burocracia. Los papas protegieron a artistas como el pintor sienés Simone Martini, reunieron una gran biblioteca y mantenían una casa numerosa. Cuando la peste negra llegó a Aviñón en 1348, Clemente VI se quedó en la ciudad, compró terrenos para un nuevo cementerio y condenó los ataques contra los judíos, a quienes en muchas partes de Europa se culpaba de la epidemia. Los historiadores señalan que sus bulas sobre el tema recordaban que los judíos morían de la peste igual que todos los demás.