Capítulo I
Pedir a Dios que juzgue
En la Europa altomedieval, los tribunales se enfrentaban a menudo a un problema sin solución fácil. Cuando un delito no tenía testigos y el acusado lo negaba, ¿cómo podía saberse la verdad? Una respuesta era poner el caso ante Dios. El acusado se sometía a una prueba, una ordalía, y el resultado mostraba si el cielo lo juzgaba inocente o culpable. La palabra inglesa ordeal procede del inglés antiguo ordal, que significa juicio; en español, «ordalía» viene del latín medieval ordalia, de la misma raíz germánica.
Había varias formas comunes. En la ordalía del hierro candente, el acusado llevaba una barra de hierro al rojo a lo largo de una distancia fijada; luego se le vendaba la mano y, al cabo de unos tres días, se examinaba. Si cicatrizaba limpiamente, la persona era inocente; si supuraba, culpable. En la ordalía del agua hirviendo, el acusado sacaba una piedra o un anillo de un caldero, y la mano se juzgaba del mismo modo. En la ordalía del agua fría, el acusado era sumergido en un estanque o un río que un sacerdote había bendecido: se pensaba que el agua, por ser pura, acogía al inocente, de modo que hundirse significaba inocencia, y entonces se sacaba a la persona con una cuerda. Flotar significaba que el agua la rechazaba.
No eran simples costumbres populares. Eran ritos eclesiásticos solemnes. El acusado ayunaba y asistía a misa, el sacerdote bendecía el hierro o el agua, y las oraciones pedían a Dios que revelara la verdad. Las ordalías se reservaban para asuntos graves y, a menudo, para personas de baja condición, extranjeros o aquellos cuya palabra no merecía confianza. Los registros sugieren que los jueces solían preferir un compromiso o un acuerdo, y que la amenaza de la ordalía se usaba con más frecuencia que la propia ordalía. Los hombres libres podían, en cambio, exculparse mediante juramento, respaldados por vecinos que juraban su buena reputación, o mediante el duelo judicial, en el que las partes o sus campeones luchaban según reglas fijadas por el tribunal.