La historia de la película
Estrasburgo y las colinas cercanas a Saverne, en Alsacia · Julio–septiembre de 1518
Un día caluroso de julio de 1518, en una calle estrecha de la ciudad de Estrasburgo, una mujer salió de su casa y se puso a bailar. No había música, ni ninguna fiesta que lo explicara. Su marido, según cuenta la historia, le suplicó que parara. Ella no paró.
En pocas semanas, muchos otros bailaban con ella, y los gobernantes de la ciudad pagaban a músicos para que siguieran bailando. Lo que sigue es la historia de aquel verano, hasta donde los viejos documentos permiten contarla.
Capítulo Iver desde 0:40
Una ciudad al límite
Estrasburgo era una ciudad libre del Sacro Imperio Romano Germánico, una rica ciudad comercial a orillas del Rin, coronada por la alta aguja de piedra de su catedral. Tenía casas gremiales pintadas, ferias concurridas y fama por su imprenta y su comercio. Pero detrás de esa prosperidad, muchos de sus habitantes pasaban hambre, estaban enfermos y tenían miedo.
Los años anteriores habían sido crueles. El granizo, las heladas, la sequía y las lluvias torrenciales arruinaron una cosecha tras otra en toda Alsacia, y el precio del grano se disparó. En 1517 llegó una hambruna terrible, y muchos en la región murieron de hambre y de las enfermedades que vinieron después. Las familias pobres vivían al borde de la inanición.
La enfermedad nunca andaba lejos. La peste volvía una y otra vez, y la lepra nunca se había ido. Una enfermedad nueva, la sífilis, a la que la gente llamaba el mal francés, había llegado a la región en la década de 1490.
Mucha gente creía que desastres como estos eran señales de la ira de Dios. Y a orillas del Rin había un miedo en particular. San Vito era un mártir cristiano de los primeros siglos, y en esta región se creía que podía lanzar una maldición sobre los pecadores. Su maldición era un baile que no terminaba nunca. Se creía también que el mismo santo podía levantarla.
Su maldición era un baile que no terminaba nunca.
Capítulo IIver desde 1:51
La primera danzante
Así que, cuando una mujer se puso a bailar sola en la calle, hacia el 14 de julio, es posible que sus vecinos creyeran saber exactamente lo que estaban viendo. La mayoría de los relatos antiguos, cuatro de las seis crónicas que cuentan la historia, la llaman Frau Troffea. De ella no sabemos casi nada más.
Bailó durante cuatro días, quizá seis, deteniéndose solo cuando caía rendida de sueño, y después, dicen las crónicas, volvía a bailar. La gente se agolpaba en la calle estrecha para mirar. Luego, según los relatos, la subieron a un carro y se la llevaron a un santuario de san Vito en las colinas cercanas a Saverne.
Pero el baile ya había empezado a extenderse. En una semana, según un recuento, más de 30 personas bailaban. En agosto eran muchas más.
No era ninguna celebración. Los testigos describían a personas que gritaban, que parecían incapaces de detenerse y que tenían los pies hinchados y doloridos. Estaban frenéticas y angustiadas, no alegres.
No era ninguna celebración.
Capítulo IIIver desde 2:48
Que bailen
Estrasburgo estaba gobernada por su concejo, y los concejales estaban preocupados. Recurrieron a los médicos de la ciudad. Los médicos descartaron los astros y lo sobrenatural. Se trataba, dijeron, de una enfermedad natural, causada por el recalentamiento de la sangre.
En la medicina de la época, la sangre recalentada podía volver loca a una persona, y lo habitual habría sido practicar una sangría. En cambio, el consejo fue sorprendente. A los enfermos había que dejarlos bailar, día y noche, hasta que la fiebre se consumiera en sus cuerpos.
Así que el concejo hizo algo que todavía asombra a los historiadores. Vació dos casas gremiales y las cedió a los danzantes. En el mercado del grano se les dejó espacio, y frente al mercado de caballos unos carpinteros construyeron un estrado de madera. Se pagó a músicos para que tocaran tambores, flautas, cuernos y violines. Se contrató a hombres fuertes y sanos para que sostuvieran a los danzantes y los mantuvieran girando.
Salió muy mal. La música y el gentío no parecen haber hecho otra cosa que arrastrar a más personas al baile. Durante el calor de agosto los danzantes siguieron, en las salas, en las plazas y en las calles estrechas.
Salió muy mal.
Capítulo IVver desde 4:13
Lo que dicen las crónicas
¿Cómo sabemos todo esto? Los testimonios proceden de anotaciones en los registros del propio concejo, de médicos y predicadores, y de crónicas, algunas escritas décadas después. Juntos confirman las líneas principales de la historia: el comienzo en julio, las medidas del concejo y el viaje a Saverne. En las cifras coinciden mucho menos.
Una de las crónicas, escrita más avanzado el siglo por el arquitecto Daniel Specklin, describe las salas, el estrado y los músicos contratados. Una crónica familiar, la de la familia Imlin, afirmaba que en un mes el baile se había apoderado de unas 400 personas. Las estimaciones modernas van de unas 50 a 400, y las cifras más altas proceden de los relatos posteriores.
Algunas crónicas posteriores dicen también que murieron muchos danzantes. Una afirma que, en el peor momento, morían 15 personas al día. Pero los registros municipales de aquel verano que se conservan no mencionan ninguna muerte, y muchos historiadores dudan de esas cifras.
Es muy posible que algunos danzantes se desplomaran, y que algunos murieran de agotamiento con el calor del verano, debilitados como muchos ya estaban por el hambre y la enfermedad. Algunos historiadores aceptan que murieron unos pocos; otros dudan de que muriera nadie. Cuántos, nadie puede decirlo.
Cuántos, nadie puede decirlo.
Capítulo Vver desde 5:18
Oración y zapatos rojos
Entonces el concejo cambió de opinión. Quizá no se trataba de una enfermedad natural, después de todo. Quizá era un castigo del cielo. El estrado se desmontó. Se prohibió bailar en público en la ciudad, y también tocar música en público.
El secretario municipal de la ciudad en aquel momento, su Stadtschreiber, era Sebastian Brant, jurista y humanista famoso en toda Europa como autor de una sátira titulada La nave de los necios. En los registros de la ciudad de su época en el cargo figura una excepción a la prohibición. Las personas respetables aún podían bailar en las bodas y en la primera misa de un sacerdote nuevo, pero solo con instrumentos de cuerda, nunca con tambores ni panderetas.
En lugar de bailar, la ciudad se entregó a la oración y la penitencia. Se dijeron misas, y la gente intentó reconciliarse con el cielo. Y a los danzantes que no podían parar los cargaron en carros y los llevaron, como habían hecho antes con Frau Troffea, a san Vito.
Cerca de la población de Saverne, que los alemanes llamaban Zabern, se alzaba una capilla de san Vito entre colinas boscosas y rocas de arenisca. Allí, según los relatos, los sacerdotes condujeron a los danzantes hasta el altar. Les pusieron pequeñas cruces en las manos y zapatos rojos en los pies. Sobre los zapatos se pintaron cruces con óleo santo, y a los danzantes se les roció con agua bendita, entre nubes de incienso y oraciones en latín.
Al parecer, muchos de los danzantes se calmaron. A comienzos de septiembre, unos dos meses después de que empezara, el baile en Estrasburgo se había apagado.
Les pusieron pequeñas cruces en las manos y zapatos rojos en los pies.
Capítulo VIver desde 7:00
¿Por qué bailaron?
Estrasburgo no fue la primera ciudad en bailar. En junio de 1374, las multitudes empezaron a bailar en las calles de Aquisgrán, y la manía se extendió a lo largo del Rin, hasta Colonia, Metz, Utrecht y muchas otras ciudades. La gente lo llamó el baile de san Juan, o el baile de san Vito. El brote de 1518, con sus actas del concejo y sus crónicas, es sencillamente el mejor documentado de todos.
Unos ocho años después del brote, el médico suizo itinerante Paracelso llegó a Estrasburgo y oyó la historia. Escribió que Frau Troffea había empezado a bailar solo para fastidiar a su marido, y que otras mujeres la imitaron. Es un relato desdeñoso y de segunda mano, y los historiadores lo tratan con cautela.
Siglos después, algunos autores culparon al cornezuelo, un hongo que crece en el centeno húmedo y contiene sustancias químicas emparentadas con el LSD. Pero muchos historiadores rechazan la idea. El envenenamiento por cornezuelo corta el riego sanguíneo de manos y pies y provoca convulsiones dolorosas, y sus víctimas difícilmente habrían podido bailar durante días seguidos. Tampoco explica por qué el pan envenenado haría bailar a la gente solo en las tierras donde se temía la maldición de san Vito.
El historiador John Waller, que escribió un libro sobre el brote, defiende otra explicación: una enfermedad psicógena colectiva. Las personas sometidas a una tensión extrema, hambrientas, enfermas y asustadas, pueden caer en una especie de trance que se contagia de una persona a otra, sobre todo cuando comparten el mismo miedo. Es la explicación que hoy prefieren muchos historiadores, aunque no puede demostrarse.
Estos brotes siguen ocurriendo. En 1962, en Tanganica, una epidemia de risa incontrolable empezó en un colegio de niñas y se extendió a las aldeas cercanas. En Estrasburgo, el miedo compartido tenía un nombre y un rostro: el santo cuya maldición todos conocían.
Si Waller tiene razón, los danzantes de Estrasburgo no eran ni malvados ni necios. Eran personas que sufrían, que creían que un santo las había maldecido y cuyos cuerpos dieron forma a ese miedo.
Quinientos años después, seguimos sin conocer toda la historia de Frau Troffea. Solo sabemos que un verano una mujer salió a una calle estrecha y se puso a bailar.
Solo sabemos que un verano una mujer salió a una calle estrecha y se puso a bailar.



