Capítulo I
La guerra de los iconos
Hacia el siglo VII, los iconos, imágenes pintadas de Cristo, la Virgen María y los santos, se habían vuelto centrales en la devoción cristiana del Imperio bizantino. Los fieles los besaban, encendían velas ante ellos y los llevaban en procesión, y se decía que algunos iconos obraban milagros o protegían ciudades. Al mismo tiempo, el imperio sufría graves derrotas frente al califato islámico en expansión. Algunos eclesiásticos y gobernantes se preguntaron si Dios estaba castigando a los cristianos por algo, y si el honor tributado a las imágenes había caído en la idolatría, prohibida por el segundo mandamiento.
La tradición fecha el comienzo de la oposición imperial a los iconos en 726, bajo el emperador León III. Su hijo Constantino V fue más lejos: escribió argumentos teológicos contra las imágenes y convocó el concilio de Hieria en 754, que condenó su veneración. Los iconoclastas sostenían que era imposible una imagen verdadera de Cristo, porque una imagen solo podía mostrar su naturaleza humana, no su divinidad. Constantino V afirmaba que la única imagen verdadera de Cristo era la eucaristía, y los iconoclastas siguieron honrando la cruz. Muchos iconos fueron retirados o cubiertos, y algunos monjes que se resistieron fueron castigados.
Los defensores de los iconos, los iconódulos, respondieron con una teología de la imagen. Juan Damasceno, un monje que vivía bajo dominio musulmán en Palestina, argumentó que, puesto que Dios se había hecho visible en Cristo, Cristo podía ser representado, y que el honor tributado a un icono pasa a la persona que representa. En 787, el II Concilio de Nicea, convocado por la emperatriz Irene, adoptó esta postura. Distinguió la proskynesis, la veneración debida a las imágenes, de la latreia, la adoración debida solo a Dios.